Ciclo de Historia Económica e Institucional

Jueves 5 de Agosto | Buenos Aires | 2010

Expositor: Alejandro Oscar Gómez, Doctor en Historia.
Con la coordinación y moderación de Ernesto Rey.

No pueden compararse períodos tan amplios como los de 1810, 1910 y 2010. No puede decirse que hoy “estamos mejor o peor” que hace cien o doscientos años. No pueden eludirse las diferencias conceptuales, cuando se habla de pueblo, de derechos sociales, de democracia. ¿Qué se quiere comparar y con respecto a qué? ¿Qué sucedía, en cada período, en otros países, en Europa, en los Estados Unidos?
¿Y desde dónde se hace la comparación? ¿Desde lo académico o desde lo político?
El político manipula la historia. Y lo hace desde su marco ideológico. Cada uno interpreta los mismos hechos de distinta manera. Porque de historia, como de fútbol, todo el mundo opina.
Existe una visión fantasiosa sobre los acontecimientos de 1810. Se habla del pueblo que quería saber de qué se trataba. Cuando en realidad los actores eran criollos y españoles peninsulares: una elite. No hubo nunca “un pueblo lanzado a las calles”.
El cabildo abierto de mayo de 1810 se celebró en circunstancias en que los reyes de España estaban cautivos de los franceses. Y la independencia de la que se habló entonces se refería precisamente a los captores, esto es, a los franceses.
Tampoco se hablaba entonces de democracia, sino de monarquía. Lo mismo se discutía en España, discusiones de las que surgió la constitución de Cádiz, en 1812, que Fernando VII, al recuperar su libertad y el trono, anuló.
La discusión en Buenos Aires pasa por quién se queda con la aduana. Y qué pasará con la libre navegación de los ríos.
No fue sencilla, la discusión. Hubo expediciones armadas para imponer la Revolución en el interior del país. ¡Resolver el tema insumió cincuenta años!
No hubo un “proyecto revolucionario”. La verdad histórica es que los revolucionarios de mayo no sabían a dónde iban.
Lo que sí se puso en práctica fue la exclusión del que pensaba distinto. Y esto se transformó en un problema que los argentinos arrastramos incluso hasta nuestros días.
La historia de la Argentina empieza a escribirse desde 1880 en adelante, cuando se afianza la organización nacional.
Hacia 1940 seguía gobernando una elite. Y también había generaciones más jóvenes, descendientes, en su mayoría, de familias patricias.
Por otro lado, nuevos actores hicieron su aparición: los inmigrantes. Anarquistas y socialistas, fueron ellos los involucrados en las luchas sociales y políticas.
En esa época se discute la reforma política. Surge el sufragio universal y obligatorio. Y hay mejoras sociales, aunque no se hablaba de “derechos sociales”.
La verdadera república se consolida con la sanción de la Ley Sáenz Peña.
Hay que decir que la guerra de la independencia dura poco en la Argentina.
Los conflictos más graves y perdurables son los conflictos internos. Quienes dan la batalla por resolverlos, entre 1852 y 1880, son Alberdi, Sarmiento, Avellaneda y Mitre. La Argentina entra entonces en una etapa de progreso constante. En la dirigencia política existía una idea definida del progreso: creían en él. Miraban a los países que crecían.
La Argentina crecía: la población y el PBI crecían.
En 1930 se produce un quiebre institucional. Desde 1912 en la política argentina hubo predominio radical.
Hasta que la crisis internacional de 1930 pone en duda toda la concepción del estado liberal capitalista.
El Estado adquiere una función activa, que en la Argentina se consolida con el golpe de 1943.
Surgen conceptos como el de justicia social y el Estado benefactor, que en los Estados Unidos ya existían desde 1930. Los caracteriza una gran redistribución de la riqueza. Proceso que también tiene sus consecuencias: las de un quiebre entre derechos y obligaciones. Se atenta contra la cultura del trabajo. Y llega un momento en el que ya no hay más para repartir.
Y empieza la tragedia argentina, en la que los militares adquirieron un rol protagónico. Aprendimos finalmente que en materia política las intervenciones militares no solucionan nada. No fue un aprendizaje rápido ni sencillo.
Si exceptuamos los cuatro años en los que gobernó Frondizi, todos los gobiernos fueron iguales: inflación, inestabilidad, dirigismo, fueron los elementos comunes a todos ellos.
Y es que la riqueza no se crea de un día para el otro. El que crea riqueza asume muchos riesgos. A menos, claro, que lo haga a la sombra del Estado.
El período iniciado en 1983 es el del retorno a la democracia. Pero no a la república.
Vivimos en un sistema amañado. No hay división real de poderes. Los controles al poder no existen o no funcionan. Existe inseguridad jurídica y personal, inestabilidad económica y clientelismo político.
Puede decirse que “los segundos cien años” de la Argentina han transcurrido en una pendiente declinante. Al revés de los primeros cien años, que fueron de ascenso.
Hoy no está tan claro hacia dónde queremos ir como país. El orden se convirtió en mala palabra. Y todos sabemos que con desorden no se construye nada.
¿Qué tipo de liderazgo queremos? ¿Preferimos que nos gobierne el cobarde o el que dice la verdad?
No hay debate, no se discuten ideas. Se descalifica. Los argentinos tenemos una cultura autoritaria.
Probablemente haya llegado la hora de buscar verdaderos consensos. De mirar cómo resuelven estas cuestiones los países desarrollados. O cómo lo hizo la propia Argentina, en otros momentos de su historia.

Sede Central:
Filial Córdoba:
Filial Rosario:
Filial Mendoza:
Filial Tucumán:

Fase Comunicacional