Ciclo de Historia Económica e Institucional

Jueves 20 de Mayo | Buenos Aires | 2010

Tema: "Identidad Argentina: Protonacionalidad Pan-Hispanoamericana"
Expositor: Carlos Escudé, Investigador Principal en el CONICET, director del Centro de Estudios Internacionales y de Educación para la Globalización (CEIEG) y profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad del CEMA.
Con la coordinación y moderación de Ernesto Rey.

La crisis 2001 dejó a más de la mitad de la población bajo la línea de pobreza y sin trabajo al 24% de la población activa.
Esta crisis reflejó, de la manera más dramática posible, un problema crónico de la región latinoamericana: la tendencia a que burguesías prebendarias capturen al Estado y lo usen para sus propios fines, sacrificando el interés común.
Es la conclusión a la que llego cuando veo la historia de sucesivas estatizaciones de deudas privadas en la Argentina.
No es un problema exclusivo de Argentina.
La región latinoamericana en su conjunto padece la mayor concentración de ingresos del mundo.
Esto no siempre sucedió en la Argentina.
Yo nací en un país que tenía aproximadamente un 10% de pobres.
Pero que a partir de 1975 y el rodrigazo, nuestro país sufrió la mayor regresión de toda la historia económica mundial contemporánea, si excluimos a los destruidos por una gran guerra.
Muchos países han tenido siempre un 50% de pobres. ¡Pero sólo el nuestro sufrió esta involución del 10 al 50%! En plena paz...
Con sus más y sus menos, hasta 1975 la Argentina había tenido un capitalismo exitoso. A partir de entonces deja de tenerlo.
Independientemente de quien gobierne...
Esa experiencia original demuestra que las tesis básicas de la izquierda están equivocadas: el capitalismo puede ser maravilloso.
Pero no siempre lo es...
No me he vuelto izquierdista, sino que mi diagnóstico sobre el capitalismo argentino hace que me haya vuelto pesimista.
Y llegamos así a la crisis terminal de 2001.
Una experiencia, en lo personal, espantosa. Fue una grave crisis existencial observar filas de menesterosos en plena calle. Me deprimí mucho.
Esto fue un crimen de lesa humanidad. Mató a mucha más gente que los generales de la dictadura. Debido a los deterioros de los estándares de salud.
Esa circunstancia ameritaba medidas de emergencia que necesariamente incluyeran política exterior y seguridad.
A partir de 2003, esas políticas en nuestro país fueron revolucionarias. Apostaron a la paz de una manera casi sin precedentes en el mundo entero.
Frente al imperativo moral de ahorrar recursos para dedicarlos a la seguridad social, los argentinos hemos decidido confiar en los altos valores de la civilización iberoamericana. Que poco menos que aseguran la paz. Y aunque nuestros vecinos estén preparados para la guerra.
A partir de 2001/02 redujo su presupuesto militar casi al mínimo necesario para cubrir gastos corrientes. A pesar de los altos gastos militares de Chile y Brasil.
Y redujo a casi nada sus compras de armamentos en el exterior, pese a las grandes compras de nuestros vecinos.
Ya antes de la crisis de 2001 habíamos eliminado el servicio militar obligatorio, desmantelado nuestra industria de armas, el proyecto misilístico y habíamos adherido a los tratados de no proliferación de armas nucleares.
Todo ello implicó un quiebre radical con respecto a políticas exteriores de anteriores administraciones.
En la actualidad, mientras los gastos militares de Brasil y Chile superan holgadamente el 2%, los de Argentina apenas rozan el 0,8% del PBI.
La Argentina no está bajo ningún tratado de defensa creíble –como la OTAN, por ejemplo. Y está flanqueada por dos estados importantes cuyos gastos militares son muy altos.
El desarme relativo de Argentina es particularmente notable.
Del total de importaciones de armamentos convencionales de las Américas, en el período 2004/2008 Chile representó el 22%, Brasil el 6,7% y Argentina apenas 1,9%.
Las políticas exteriores y de seguridad de Argentina representan uno de los experimentos pacifistas más radicales de todos los tiempos.
Se hace caso omiso a los principios del equilibrio de poder.
Con el tiempo se pondrá a prueba la hipótesis de que la civilización iberoamericana es más pacífica que las demás del mundo actual.
Es un experimento.
¿Se probará esta hipótesis? ¿O será falsa... y perderemos una parte de nuestro territorio?
Existe, reforzando la primera hipótesis, una alianza estratégica de América latina, institucionalizada en Unasur y Mercosur.
Y un fuerte compromiso con las políticas de seguridad de Naciones Unidas, expresada con la participación argentina en el Grupo de los 20.
La Argentina consolida su inusual perfil de nación emergente pacifista con una política global altamente responsable, comprometida con la no proliferación nuclear y con la lucha contra el terrorismo internacional.
América latina es muy diferente a las otras grandes regiones mundiales.
El desarme unilateral pudo profundizarse porque América latina constituye una civilización en sí misma. Existe una afinidad esencial.
Ello amerita que los estados latinoamericanos tengan relaciones entre sí, con un grado diferente y superior al de otras regiones.
La civilización latinoamericana es más compacta y homogénea que otras civilizaciones, lo que explica su mayor propensión a la paz.
No hay barreras lingüísticas, como sí las hay en otras regiones (el portugués no es una barrera).
Existió una protonacionalidad panhispanoamericana, desde sus orígenes hace doscientos años.
Durante las primeras décadas de la independencia, hombres como el caraqueño Andrés Bello o el arequipeño Ignacio Álvarez Thomas podían ser forasteros en Santiago de Chile o en Buenos Aires –sus ciudades adoptivas-. Pero no eran extranjeros en ninguna parte de Hispanoamérica.
Lengua, cultura, religión e historia eran comunes a toda la América hispana. Y en gran medida, también la raza. Eran los elementos que en Europa habrían definido a una nacionalidad común.
Existía una protonacionalidad panhispanoamericana.
Ello condujo a una relativa debilidad de la conciencia nacional específica de cada estado.
Por eso, uno de los imperativos fue generar identidades... ¡a través de la construcción de diferencias!
Por ejemplo, los mitos de pérdidas territoriales.
Los hubo en la Argentina y en Chile, de forma absolutamente simétrica. Nos enseñaron, a un lado y otro de la Cordillera, que unos y otros éramos expansionistas.
Tanto Perú, como Paraguay, Argentina y Chile, consideraron que toda la Tierra del Fuego les perteneció en algún momento... ¡cuando en realidad perteneció a los onas!
Cada país latinoamericano generó sus propios mitos de “pérdida territorial”.
Teníamos tanto en común que tuvimos que imaginarnos un enemigo. Por eso se utilizó el sistema educativo para adoctrinar a la gente.
Estas políticas de construcción de diferencias tuvieron un éxito relativo. Porque nunca llegaron a generar las enemistades entre pueblos que se registran en otros continentes.
Este hecho generó una incapacidad de los estados para recaudar impuestos.
La relativa ausencia de guerras resultó benigna. En tanto la alta concentración de los ingresos resultó perversa.
El “modelo belicista de formación del estado” es de amplia difusión en la sociología política.
El aforismo “la guerra hizo al estado y el estado hizo la guerra” es uno de los de mayor difusión de todos los tiempos, en las ciencias sociales.
Esta dialéctica funcionó de manera imperfecta en América latina. No hubo “guerras totales”.
Casi todos los principales tributos europeos comenzaron como impuestos extraordinarios para guerras específicas y acabaron como fuentes regulares de recursos estatales.
A diferencia del viejo mundo, la mayoría de los estados de América latina nacieron súbitamente, como consecuencia de la crisis generada en España por las guerras napoleónicas.
Las guerras latinoamericanas fueron casi siempre limitadas, lo que, paradójicamente, resultó disfuncional a la formación de instituciones estatales fuertes.
Un Estado incapaz de hacerse obedecer es fácilmente “capturable” por élites depredadoras. Puede llegar a ser despótico.
Pero sigue siendo institucionalmente débil.
En doscientos años y pese al lema belicoso de su escudo nacional, “Por la razón o la fuerza”, Chile nunca libró una guerra contra Argentina. En contraste, Francia y Alemania libraron tres entre ellas. Y con consecuencias desastrosas para la humanidad en su conjunto.
No se ha dado en Iberoamérica ningún caso de terrorismo secesionista exitoso.
La secesión de Panamá –que era parte de Colombia- fue perpetrada en 1903 con la instigación y apoyo de Estados Unidos.
Si Bolivia estuviera en Europa, con sus riquezas naturales tanto en el sector oriental como en el occidental, países equivalente a Brasil y Argentina estarían conspirando para conseguir comerse a esos “bocatos di cardinali”.
Obsérvese lo que sucedió en Serbia, con la provincia de Kosovo, cuya secesión fue alentada por la OTAN... Y los rusos alentaron la secesión de dos provincias de Georgia...
Argentina y Brasil, en cambio, bajo ninguna circunstancia están dispuestas a ser cómplices de la secesión de Santa Cruz de la Sierra o de Tarija.
Los europeos están mucho más acostumbrados al cambio violento de sus límites fronterizos.
Pese a la histórica competencia entre Brasil y Argentina en el campo del desarrollo atómico, desde 1979 rige una cooperación activa en este delicado campo.
Con el acceso de ambos países al tratado de no proliferación nuclear, América latina se convirtió en la mayor región del planeta libre de amenazas nucleares.
En febrero de 2008,ambos países firmaron un acuerdo para el establecimiento de una planta binacional para el enriquecimiento de uranio con fines comerciales, bajo el sistema de salvaguardias de la Agencia Internacional de energía atómica.
Parece claro entonces que la región latinoamericana es la más pacífica del mundo, en términos de guerras interestatales.
América del Norte exporta violencia masiva.
Tenemos más violencia de la que quisiéramos... Pero hasta nuestros tiranos más crueles no están ni remotamente a la altura de los tiranos en Europa y en otros continentes.
Nunca hubo una masacre sistemática responsable de la muerte de millones de personas.
Somos mucho más propensos a la paz.
En América latina parece haber emergido una alternativa altamente civilizada para la resolución de conflictos. Es en este marco que surgió Unasur.
Esta cultura diplomática es difícil de comprender para quienes están ajenos a la región.
El MERCOSUR ha abolido las hipótesis de conflicto, más allá de sus deficiencias comerciales.
La Argentina ha podido apostar a la paz desarmada, pese al armamentismo de sus vecinos.
En América latina las hipótesis de conflicto han contribuido a consolidar el papel de las corporaciones militares en la política nacional.
La ficción de estar rodeados de enemigos, desmentidas por la realidad, sirvió para justificar grandes presupuestos militares que a su vez empobrecieron a la ciudadanía.
En 1983 los militares argentinos perdieron el poder interno para imponer ese costo a la sociedad. La crisis de 2001/02 volvió inviable cualquier regreso a políticas militares costosas.
Argentina optó por consolidar su alianza con sus vecinos. Aumentar su cooperación con el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en cuestiones cruciales para la paz mundial –como la no proliferación nuclear y la guerra contra el terrorismo-, y apostar al desarme bilateral para dedicar más recursos a las políticas sociales y progresistas.
Éste es uno de los experimentos pacifistas más audaces de todos los tiempos.
Confiando en la superioridad moral de Iberoamérica en cuestiones de guerra y paz, la Argentina se ha desarmado.
Lo que quizás sirva, en una medida modesta, para devolver a la ciudadanía parte de lo que anteriores políticas económicas le quitaron.

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