Ciclo de Análisis Económico, Social y Político

Jueves 21 de Julio | Buenos Aires| 2011

Expositores:
Norma Morandini, Senadora Nacional.
Natalio Botana, Profesor Emérito de la Universidad Torcuato Di Tella (Buenos Aires, Argentina).

NORMA MORANDINI

Tengo dos hermanos desaparecidos, fui al exilio, situación que nos confronta con nuestra pertenencia y nos obliga a preguntarnos quiénes somos y qué nos pasó.
Me pasé la vida agradeciendo a los españoles poder haber sido corresponsal de Cambio 16, un grupo editorial que, lo mismo que El País, surge con la democracia y tiene compromiso con ella.
Los Pactos de la Moncloa, de los que todo el mundo habla, no es “firmar papelitos”. Fue la construcción de una relación de confianza entre diversas y muy diferentes fuerzas políticas.
Regresé a Argentina, a cubrir el juicio a las Juntas, fueron ocho meses reconstruyendo lo que nos había pasado. Hoy me pregunto qué vamos a hacer con ese pasado, que se ha profanado y contaminado. Así como el nazismo le dio a la Humanidad, paradójicamente, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. En nuestro país, la dictadura ha vivificado una cultura democrática que es ajena a nuestra tradición política.
Después de 50 años de autoritarismo, la democracia no quiere decir en nuestro país para todos lo mismo. Escucho debates en el Parlamento disparates como lo que dijo algún ministro: “Nosotros defendemos la libertad… pero no cualquier libertad”.
Cuando se modifica la ley de cupo femenino, me opuse a la ley. Debo reconocer que me equivoqué. Si no hubiera sido por esa ley, no habría hoy la gran cantidad de mujeres que hay en el Parlamento. Pequeñas pero grandes cosas han cambiado. ¿Ha modificado la calidad de la política? Es el gran signo de interrogación.
En 2001 conocí a Luis Juez, quien me propuso ser candidata. Me dije “por qué no”. Hoy veo que hay una generación marcada por la ausencia de la política –cuando hay violencia o se cancela la libertad. No tengo hoy ningún prurito y me digo por qué no acepté participar antes.
Vivimos una instancia muy auspiciosa, aunque contradictoria y que por momentos nos atemoriza. Los países de la región tomaron un camino diferente: consolidaron la democracia y postergaron la revisión del pasado. Tal vez en nuestro caso nuestra mejor energía estuvo dominada por el pasado. Esta revisión nos ha cancelado la posibilidad de una consolidación democrática. Y las crisis económicas, que naturalizaron posturas antidemocráticas –como la obediencia debida o la disciplina partidaria. Es lo que vi en Diputados. Me daban ganas de gritar “empecemos de nuevo”. No alcanza con caras nuevas si no se modifican las reglas de la política. Seguimos en el trueque, las votaciones se hacen a cambio de dádivas personales o políticas.
Por eso estamos tan lejos del cumplimiento de la ley.
Mi experiencia en Diputados fue intensa y frustrante. A todos el 2001 nos ha enseñado muchísimo. Un país que deja de quejarse. Empiezan a aparecer fenómenos muy dinámicos y creativos, que la política no acompaña.
Tenemos una degradación de la administración del Estado. Hay por otro lado una gran cantidad de ONG y fundaciones en las que tengo una enorme confianza.
El puente roto entre la ciudadanía y sus representantes es la gran carencia. Nuestro problema es político y es cultural. No alcanza con que haya un grupo de iluminados si esto no es compartido por toda la sociedad. Necesitamos de una educación para la paz: crear los antídotos culturales para evitar que el país vuelva a desquiciarse.
Ha habido una apropiación del dolor por parte de la política. Lo mismo que se apropian de la pobreza. Los escándalos ponen en evidencia lo que todos intuíamos.
Vi a Hebe de Bonafini gritando en los tribunales porque no cree en “la justicia burguesa”. Los organismos de derechos humanos no apoyaron los juicios a las juntas, por ejemplo.
Si no creen en la democracia, no utilicen sus instrumentos para atentar contra ella. Sólo ahora, con el escándalo Shocklender, escuchamos algunas voces.
Hoy se ha extendido el recurso a los “escarches” para señalar a los que no piensan como uno.
Por hablar tanto de economía nos hemos descuidado de aspectos fundamentales. No estoy “al otro lado del mostrador”. Periodistas y legisladores debemos cumplir con nuestras funciones. Si se sirve a los ciudadanos, no hay diferencias.
Veo la degradación que ha tenido el periodismo argentino, por esta promiscuidad de las empresas con los gobiernos. Hay una precarización muy grande, se convoca a los que se les puede pagar menos. Tenemos un periodismo de correveidiles… No se termina de entender que la información es un derecho: no puede ser propaganda ni mercancía, los medios oficiales se usan para hacer propaganda del gobierno.
Hoy aparecen medios de prensa que se compran con la pauta oficial, para utilizarlos como propaganda del gobierno. Se está degradando mucho el sistema político.
Esta distinción de poder acompañar a Hermes Binner en la fórmula presidencial, quien no tiene que apelar al marketing. Creo que la publicidad vende ilusión. Aún sabiendo lo que es, vamos detrás. Pero la política no puede vender ilusión: debe generar confianza.
Ha quedado claro en la elección de la Capital Federal: la ciudadanía ha dicho que ya no acepta fantasmas de “se viene la derecha”. El lenguaje está contaminado. Es hora de erradicar en el lenguaje, en el comportamiento, esta cultura tan antidemocrática producida por nuestra historia.
Estamos en un momento auspicioso. Por un lado, una cultura autoritaria, hegemónica, y al otro lado, una sociedad plural, diversa. Hoy podemos hasta burlarnos de la cultura de la unanimidad.
Se puede –y se debe- vivir en la diversidad. La democracia es el único sistema que legitima el conflicto. Hay que trabajar sobre ese conflicto, aunque en el Congreso pocas veces llegamos a la unanimidad.

NATALIO BOTANA

Mi satisfacción, por estar de nuevo con ustedes y por compartir esta mesa con Norma Morandini, a quien conozco desde hace mucho y a quien he valorado siempre por su conducta, por su trayectoria.
El marco institucional es deficiente. La reforma constitucional del ´94 significó un avance muy grande en materia de derechos humanos, pero no en lo que atañe a las reglas institucionales por las cuales elegimos a nuestros presidentes. Fuimos a la elección directa, dejamos de lado el colegio electoral, pero las reglas del “balotaje” parecen hechas a medida del peronismo. Y hablo del peronismo en sus diferentes ropajes –menemismo, kirchnerismo o como se llame.
Es un balotaje modificado, no es el que se practica en otros países ni en la Capital. Es presidente quien obtiene 45%. O algo más del 40% y 10% de diferencia respecto del candidato que sale segundo.
En un balotaje “normal”, en primera vuelta pueden expresarse todas las candidaturas. Con nuestro balotaje, los diez puntos de diferencia son complicados.
Hasta hoy hemos tenido elecciones de muy fuerte concentración electoral. En el plano nacional nunca hemos tenido balotaje. Todas las candidaturas desde entonces atravesaron el 45% de los votos. El peronismo oscila siempre en torno del 40%, algo que no ocurre con los partidos opositores: el radicalismo tiene un piso electoral muchísimo más bajo.
La dispersión es muy grande en la oposición, lo que debería inspirar una concertación que todavía no se ha producido.
Otra innovación son las elecciones escalonadas. Tenemos años, como el actual, de votación permanente: saltamos de una jurisdicción a otra sin solución de continuidad. Hoy estamos viviendo un efecto acumulativo a favor de la oposición. Para ellos es positivo. Pero después de agosto vamos a tener elecciones muy fuertes a favor del oficialismo –no creo que me equivoque-, como en Tucumán y Chaco.
En la Argentina no hay federalismo. Hay un poderoso régimen de unitarismo fiscal, en donde las provincias conforman regímenes mendicantes.
En el “Congreso rengo” de 2009 se votaron dos leyes decisivas: una, la de medios, y otra, la de primarias obligatoria y simultáneas (PASO). Es una ley tramposa. Tanto en Uruguay como en Estados Unidos, el candidato que gana en las primarias tiene en sus manos la designación del candidato a vicepresidente. Los partidos convergen inmediatamente, luego de una episódica dispersión. En la Argentina, lo que exige la ley es la consolidación de candidaturas: no hay flexibilidad. Esto promovió una dispersión muy fuerte de partidos en la oposición. La PASO no alentó la competencia interna en partidos y espacios. Y ahora tenemos este panorama tan disperso de candidaturas.
Una ley más flexible debería haberse aplicado antes del 14 de agosto. Lo que habría permitido una competencia interesante. Pero ésta es la “historia que no fue”.
Con estas reglas de juego el gobierno lleva las de ganar. No son neutrales. Favorece a un gobierno estructurado en torno a un verticalismo hegemónico, basado en el unitarismo fiscal y el control de los recursos propagandísticos.
Los valores en juego son la tolerancia, versus los desvalores de la confrontación. No hablo de ausencia de conflicto, que es inherente al régimen democrático. Pero la “amistad cívica” significa el esfuerzo deliberado de los dirigentes para encauzar el conflicto, no para agudizar los disensos.
En la ciudad de Buenos Aires, estos valores prosperaron muy bien, lo mismo que en Santa Fe. No sé en Córdoba.
Hay claramente dos escenarios posibles. El primero, el de la ratificación hegemónica: la reelección de la presidenta. De todos modos, el gobierno saldrá más debilitado en Diputados, aunque ese resultado pueda relativizarse mediante las tramoyas habituales...
Toda la hipótesis de la ratificación hegemónica descansa sobre un distrito, lo que revela la terrible distorsión demográfica de la Argentina. Lo que más ha crecido son los cordones y la megalópolis del Gran Buenos Aires: los cordones siguen avanzando. Por eso la clave de estas elecciones sigue siendo la provincia de Buenos Aires.
Los electorados de CABA, Córdoba y Santa Fe, más los de Mendoza y Entre Ríos, están contenidos en la provincia de Buenos Aires.
El gran relato del oficialismo –que es de confrontación- está cubierto con la piel de cordero de un candidato que defiende los valores de tolerancia. Claro que el vice es el gran ejecutor de la ley de medios. Lo que muestra que en el peronismo hay de todo.
La popularidad de Scioli es muy fuerte en la provincia de Buenos Aires.
 Es evidente que este “modelo” económico está crujiendo en muchos aspectos. Pero no cruje en el corto plazo. Un dato muy importante.
Esta economía, basada en crecimiento con inflación, más mejora en el ingreso en determinados sectores, más consumo, está determinando un papel. Es el “voto cuota”, como lo llamaban en tiempos de Menem.
Menem fue reelecto en un clima de corrupción. Aunque se mirada al costado. Hoy se han desatado episodios gravísimos. No hay que regocijarse de que instituciones defensoras de derechos humanos se hayan corrompido.
Frente a una situación de “bonanza económica”, ¿qué papel representa la corrupción para el electorado? ¿”Roban pero hacen”…?
Pero nada es inevitable en la historia.
Creo que puede ser evitable esta victoria del oficialismo. Hay una caducidad del relato ideológico con el cual, desde el año 2003, este gobierno pretendió legitimarse. Hay además una debilidad muy ostensible en los distritos como Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba e incluso Mendoza.
El gran problema para la oposición es qué fórmula va a sobresalir.
Una encuesta muy reciente le da a Cristina Fernández el 38% de los votos; a Alfonsín le da entre 20 y 23%. Y luego viene un lote encabezado por Hermes Binner.
En otra encuesta, Cristina ganaría con el 40%. Y todo el conjunto de candidatos en una carrera en la que no sobresale ninguno.
Un panorama en el que de aquí a agosto el esfuerzo va a tener que ser muy duro.  Hoy las primarias de agosto van a transformarse en una especie de encuesta. Los interrogantes son muy grandes.
Pero sigo insistiendo: la gran batalla es la provincia de Buenos Aires.
Hacer pié en la provincia de Buenos Aires significa erosionar a fondo el primer cordón. Y seguir muy de cerca el voto del campo –en “la otra” provincia, fuera de los límites del Gran Buenos Aires. Aquí se jugará el temple de los liderazgos.
Hacia la próxima década, creo que la gran política argentina es la descentralización: demográfica y fiscal. Mientras tengamos la actual estructura, las cosas van a seguir muy complicadas.

 

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